Titubear

El otro día tuve la buena suerte de visitar a mis padres, tienen la fortuna de haber construido una casa cerca del bosque, donde han podido pasar estos días de quedarnos en casa.

Su casa es de techos altos, como la soñaron siempre.

Por eso, mi mamá me pidió que sí aprovechando que estaba ahí, podía poner la escalera y cambiar el foco del pasillo. Se había fundido unos días antes y de noche puede ser peligroso. 

Entonces, ahí me tienen (con cubrebocas) trepada en el último escalón de una escalera de metal, temblando y estirando la mano para cambiar un foco. Tengo que estirarme un poco más con las dos manos en el aire. 

Me doy cuenta de que sí doy un solo paso en falso, puedo caerme y el resultado puede ser por lo menos doloroso, por lo más fatal. 

Siento miedo.

Además no puedo respirar, pinche cubrebocas.

Pero lo tengo que hacer, no puedo dejar sin luz el pasillo por el que mis papás caminan en la noche. Es prioridad. Si no lo hago yo, ¿quién?.

Decido calmarme.

Recuerdo todo lo que he aprendido montada en mi bici. Esa precisión que te da controlar el titubeo, poner la mente en calma, enfocar y medir con exactitud pero sin nerviosismo cada uno de tus pasos. Confiar en ti. 

Ese estado mental que me regaló la bici. Tener la seguridad necesaria para salir a explorar el mundo, confiado, con seguridad, porque sabes que si titubeas, es más fácil que te caigas.

La bicicleta me ha construido caminos de fortaleza mental. 

Así que respiro tranquila, dejo de ver los metros que me separan del suelo, y veo los centímetros que tengo que estirar para llegar al foco. Estiro una mano, estiro la otra, desenrosco, tomo el nuevo foco, enrosco, aprieto, bajo una mano, después la otra. Me deslizo hacia abajo escalón por escalón. Toco tierra firme. 

Prendo la luz. 

Así es como uno debe actuar con las cosas que le importan, dejar de lado los impulsos y los titubeos, para encontrar el equilibrio más poderoso: el que actúa, el que se mueve, el que crea, el que transforma, el que camina y viaja en bicicleta. 

Tiempo

…que encuentres qué mirar y cómo mirar.

Que en tus ojos las estrellas pierdan el control,

mientras,

(sin ser vistos) los pájaros corten los cielos.

.

Que los verdes florezcan, los ríos conduzcan y

tus mundos sean reinos que no tengan fin.

.

Para que sin duda alguna, 

tu existencia,

[la nuestra]

haya valido la pena (y la zozobra)

.

Que encuentres el mar abierto,

los peces de colores,

las cosas que se mueven.

.

…que despiertes en amaneceres conmovidos por lo que es, y lo que no necesita ser.

.

[Lo vivo y lo fugaz]

.

El tiempo sin hora que

se mueve,

se dilata,

y,

se reinventa.

Pájaros que se psicoanalizan.

Durante mi vida he tomado diversos tipos de terapias. Psicológicas, neurológicas, psiquiátricas, alternativas: ayurveda, mindfulness, meditación, tarot terapéutico, temazcales curativos, (etc y etc).

Cuando se lo cuento a la gente, por lo que general abren un poco los ojos y asienten, como aprobando que alguien vaya a terapia, como si ir a terapia fuera algo que se debe aprobar. Casi siempre este tipo de conversación se encamina a hablar de lo bueno que es ir a terapia, que todos deberíamos de ir, y la mayoría de las veces cuando preguntas si ellos van a terapia, te dicen que no. (-.-)

Es cierto, todos deberíamos ir a terapia. Pero la mayoría no lo hace. Las razones son múltiples y las entiendo casi todas: no es fácil. Para mí, decidir salir de tu zona de confort es uno de los círculos del infierno de Dante Alighieri. Tal vez algunos no sienten el arrojo de platicar con alguien de verdad y a profundidad de lo que hay en su cabeza, y también muchos otros no van a terapia porque sinceramente les preocupa “el qué dirán”, porque bajita la mano, la mayoría de las personas creen que los que van a terapia están locos, o tienen problemas mentales, o no son personas normales. Lo cual es paradójico: todas las personas normales tienen temas por resolver en sus cabezas. Es inherente a la existencia humana. Sólo que para algunos, la forma de desaparecer al señor monstruo es negando su existencia, lo cual no es algo que juzgue como bueno o malo, de hecho, a mí me parece que dicha técnica funciona hasta cierto punto, durante cierta cantidad de tiempo, y también muchas veces con resultados catastróficos que pudieron haberse evitado si se hubiera asido al toro por los cuernos desde el principio. Pero cada quien.

En lo personal, me parece atractivo que las personas vayan a terapia, porque me habla de una persona que por lo menos, está intentando mantener en forma su mente, al igual que me parecen atractivas las personas que se ejercitan, las que sienten pasión por los deportes al aire libre, los que tienen sed de respirar aire de montaña. No sé si los que son de inflar sus músculos levantando pesas en el gimnasio me parecen taaan atractivos, pero definitivamente me parecen mejores que los que no están dispuestos a mantenerse en forma de ninguna forma. Valga la redundancia. 

Pero este sólo es mi parecer, que dentro de muchos otros pareceres, puede parecer correcto o incorrecto.

La cuestión es que en este momento empecé un ciclo de terapia psicoanalítica. De todos los tipos de terapia que he tomado, me parece una de las más difíciles. No es la primera vez que intento recorrer los caminos del psicoanálisis, pero la vez pasada dejé la situación a la tercera/cuarta  sesión, no porque no sintiera que estaba llegando a lugares, si no porque no me sentía lista. Confrontarse con tantas realidades no es una zona cómoda y definitivamente, se necesita cierto tipo de fortaleza para continuar.

Es difícil, pero también ahí está el alivio. Cuando sales de terapia con una conciencia nueva sobre ti. Cuando puedes admitir la raíz de tener tal o cual pensamiento y por lo mismo sentirse de tal o exis forma. Cuando reconoces el origen de tu actuar. Cuando puedes aceptar que esas lágrimas que se te salieron no era por lo que estaba ocurriendo en el momento, ni por lo que estaba literalmente haciendo la persona que tenías enfrente de ti, si no por toda una cadena de situaciones inconscientes. Hay alivio en descifrar el inconsciente.

A veces siento miedo. Miedo de tener que admitir cosas que en realidad nadie quiere admitir, miedo de aceptar los dolores y como tal resignarse a su existencia. Pero también ahí es donde siento un tipo de alivio duradero. En la aceptación.

Por ahora, es todo lo que puedo contar de este nuevo camino que decidí tomar hace unos días. Explorar un poco por acá. Mientras no me olvido de todo lo demás, de la meditación, de los libros a mi alcance, del tarot terapéutico, del yoga, de las sesiones de coaching y de lo bien que me hace pasar varias horas al día en mi bicicleta pensando en todo lo que voy dejando atrás mientras pedaleo.

Así que, si tú estás leyendo esto y estás pensando en tomar algún tipo de terapia, pero tienes temor, aún no estás seguro o te da pena, yo sólo podría decirte que te avientes, que decidas dar un paso al vacío. Lo peor que puede pasar es que tengas que reconocer que estás loco.

Pájaros que cantan de noche III.

Cerrar los ojos.

Para verte. Para sentirte.

Recordar cruzar miradas.

Recordar sentirte.

Donde mis manos podían tocarte.

Cerrar los ojos.

Como único recurso.

Para reanudar el futuro.

Reanudar el tiempo.

Que se detuvo.

Ante mis ojos, ante los tuyos, ante los del mundo.

El mundo se apartó, se ausentó.

El futuro se volvió nostálgico.

Y esa no fue la única paradoja.

El pasado se volvió presente.

Porque el presente se detuvo.

Por eso, de noche, por la ventana de los ojos cerrados. Te busqué.

Así como se busca a los pájaros.

A los pájaros que cantan de noche.

Pájaros que cantan de noche II.

Buscar donde no hay nada para encontrar.

Mirar abajo, mirar arriba, pensar y no hablar.

Desear y no actuar. 

No moverse porque todos los movimientos son falsos.

Ilusiones que no llevan.

Caminos que no conducen.

Surgimientos que no eran inicios.

Emociones que eran ficciones.

Personajes que no existen.

Un guión sin lector.

Un discurso que estoy cansada de repetir.

¡Que se abra el telón, que se caigan las ideas, que no tengo nada más que decir!

No hablarás de la magia en vano.

In-finito

Háblame de lo real. De lo existente en tiempo presente, de lo finito en tiempo futuro, porque en esas líneas me muevo. 

Es esta existencia que inició y tendrá fin.

Es ahora, no mañana, no ayer, donde te quiero sentir. Donde quisiera que subieras al escenario a recitar poemas de media noche.

Como pájaros…

…que cantan de noche.

Fin del mundo 2020

Soy nadie. La autoridad moral con la que escribo esto es de alguien que en medio de su existencia, se le cruzó una pandemia. Alguien regular, con sueños y dificultades comunes.

Todo esto lo digo a modo de presentación, y a modo de conclusión: de una vez les advierto que cuando acaben de leer esto, sólo habrán obtenido la opinión de un humano regular.

Pero ¿qué más da si soy alguien o no soy alguien? El orden mundial de las cosas está cambiando, se hablará de estos días en los libros de historia, los humanos nos acordaremos del 2020 como el año en el que tuvimos tanto miedo de algo que no podíamos ver, que nos tuvimos que esconder. Suena a historia de terror, excepto porque es real. Hasta cierto punto es real. Hasta cierto punto es de terror.

Humanos del futuro: por favor, no vayan a creer que el Fin del Mundo fue como lo idealizamos y romántizamos durante tantos años, quisiera decirles otra cosa, pero la realidad es que el Fin del Mundo del 2020 no fue como lo imaginamos en las películas, ni en las obras de arte, ni siquiera como los psíquicos nos advirtieron que sería. Es decir, el fin del mundo estuvo hasta cierto punto de hueva. 

El Fin del Mundo fue más una escena infantil, en medio de la noche y sus tinieblas, cuando te cubres con las sábanas, porque tienes miedo de lo que hay afuera, de lo que no puedes ver, pero de alguna forma sientes. Así, pero de la vida adulta.

Habemos algunos que no hemos podido quedarnos del todo debajo de las sábanas, porque aunque sabemos que si nos calmamos podremos respirar, el aire se nos acaba, nos sentimos sofocados, necesitamos bocanadas de aire frío, aunque ello podría resultar en una pérdida irreparable. En una enfermedad para nosotros, pero también para los que amamos. Nos llaman irresponsables.

Otros han actuado estoicamente, criticando desde sus redes sociales, compartiendo información que ni ellos mismos leen completa y que solo sirve para que en el internet de las cosas haya más confusión. 

Unos han actuado en negación. Otros han sido más funcionales que nunca. Siempre que hablas con ellos están “tapados” de trabajo. Algunos han desdeñado la situación y otros más han cundido en pánico. Muchos tienen papel higiénico suficiente para el resto de los siguientes finales del mundo.

Lo cierto es que todos hemos estado viviendo de incertidumbre, pero no es que la vida no haya sido incierta desde siempre, si no que la incertidumbre ocupó las planas de todos los diarios de todo el mundo de todos los twitters de todos los Presidentes de todas las Naciones, de todas las pláticas.

¿Yo?

Yo me siento azul. Nunca me gustó que la comunicación con otras personas tuviera que ser por medio de pantallitas, antes de que todo esto pasara ya criticaba el tiempo excesivo que pasamos pegados el teléfono. Pero los tiempos nos dieron a todos en la cara, no nos está quedando de otra, todo está pasando por conferencias telefónicas, por llamadas virtuales, los humanos hemos dejado la realidad y brincado a la virtual. Espero que después de esto todos valoremos mucho más el tiempo real y podamos dejar nuestros teléfonos de lado.

La realidad es que todo esto del Fin del Mundo es un desmadre. Todo empezó por posponerse y no sabemos si decir posponer sólo es una forma de no deprimirnos de todo lo que ya no vamos a hacer. No sabemos cómo será volver a estar con muchos humanos en el mismo lugar. ¿Conciertos?, ¿Fiestas?, ¿Restaurantes?. Pero cuando acabe, seguro el mundo no volverá a ser el mismo. Todos tendremos nuevas preguntas, y cubrebocas.

Pero justo ahí está el punto. Este podrá ser el Fin del Mundo, pero los que hemos vivido varios finales, sabemos bien que cuando los mundos se acaban, siempre vuelven a empezar nuevos mundos.

Así que si tenemos suficiente suerte, nos vemos en el siguiente mundo.

Tiempos de…

Son tiempos de ver adentro.

De reconocer lo que hemos construido. Sin saberlo, todos nos hemos estado preparando para este momento.

Son tiempos de permanecer adentro y conscientes.

Tiempos de reconocer.

Son tiempos de conectar a distancia.

Tiempos en los que la única certeza que tenemos es que nada volverá a ser lo mismo.

Algunos no vamos a salir vivos de esta.

Es tiempo de agradecer. Lo que fue, lo que es y lo que será.

¿Qué es “cicloviajar”?

Es soñar. Soñar que llegas lejos con tu bici, que vas a la selva y luego al desierto, y después al otro lado del mundo. Que llegas a esas playas, que ruedas por esos caminos, que te despiertan esos amaneceres morados y que te arrullan esos atardeceres de fuego. Es querer estar en primera fila del espectáculo de la vida.

Es pasar muchas horas navegando analizando rutas, equipo y consejos de otros cicloviajeros, para al final saber que lo que realmente te llevará lejos será tu determinación para hacerlo. Ser cicloviajero es tener el corazón ensanchado.

Es la indescriptible emoción de la noche antes de empezar el viaje.

Es tener miedo y aún así montarte en la bici. Es no tener certezas pero sí seguridades. Es aprender de mecánica y de pedales, pero también de la vida y sus percances. Es verte al espejo y saber que no tienes que ser valiente pero que quieres ser valiente.

Es llorar un poco en esa subida que parecía no acabar y reír mucho en esas bajadas que parecen premios de la vida. Es agradecerle a tu cuerpo por no parar y siempre llegar (aunque se sabe que los ciclaviajeros nunca terminamos de llegar). 

Cicloviajar también es apegarse a la vida. Es buscar y encontrar, porque los cicloviajeros buscamos muchas cosas, pero sobre todo expandir nuestras existencias a la máxima potencia posible.

Es reírte en medio de  la nada y volverte a reír escuchando tu eco. 

Es olvidar a tu ex para volver a recordarlo de una manera más sencilla. Es perdonarlo todo y perdonarte todo. Es quitarse capas de encima, es viajar ligero pero sin que nada haga falta.

Cicloviajar es sudar, desintoxicar, refrescar. Es preguntarte en medio de la parte más difícil del camino por qué estás aquí y no en tu casa viendo la TV, para responderte que todos y todo siempre está en el lugar y momento correcto. Que si algo pasa es porque tenía que pasar.

Los cicloviajeros somos sedientos, queremos volar, queremos subir, queremos bajar. Somos insaciables. No cabemos en cuartos pequeños ni en círculos cerrados, siempre necesitamos más. 

Cicloviajar es pincharte y parcharte. Romperte y curarte. Es dejar todos los pasados atrás y entregarte a todos los posibles futuros sin miedo y con el corazón contento. Es intentarlo hasta lograrlo.

Cicloviajar es muchas cosas, pero sobre todo es soñar.

¿Estás loca?

¿Estás loca?

Eso me preguntó un amigo cuando le conté que mis planes de recorrer el desierto de Baja California en bicicleta habían cambiado. Ahora lo haría sola.

Por varios meses estuve organizando hacer el viaje de mis sueños (en bicicleta) con varios amigos, después decidí solo hacerlo con uno de ellos, el que se veía “más comprometido” con el proyecto. Al final del día, montarte en tu bicicleta para cruzar el desierto no es algo que cualquier persona estaría dispuesta a hacer.

Así fue como durante todos estos meses estuve planeando el recorrido con un acompañante, que al final y a menos de un mes de empezar la travesía y a pesar de haberme dado su palabra de que no sería así, decidió no ir. Ya teníamos todo planeado, vuelos, hospedajes, bicicletas, equipo. Pero un viaje así no es algo que puedas hacer con alguien que de último momento está dudando.

Debo aceptar que pensé en no hacerlo y que pasé toda una mañana en silencio y a oscuras llorando. Dije que iba a hacer algo y no hacerlo, me pesaba muchísimo. Después de todo, soy de las que cree que lo más valioso que podemos tener las personas es tener palabra.

Entonces, recibí la llamada de mi hermano, mejor conocido como mi cómplice. Fue él quien desde un inicio creyó en mi y me animó a hacerlo, ya que a principios de este año, después de regresar de lo que fue mi primer viaje en bicicleta (recorrí con 4 amigos la Península de Yucatán durante 15 días), le contara que me encantaría hacer un viaje parecido al que hicieron mis papás de Luna de Miel cuando se casaron, pero en vez de recorrer La Baja en moto y con un perro, como ellos lo hicieron, yo quería hacerlo en bicicleta.

Los meses pasaron y no había un mes en el que mi hermano no me preguntará cómo iba con ese plan.

Así fue como un día le dije que lo haría y que ya estaba buscando amigos para hacerlo. Después me ayudó a escoger la bicicleta ideal, a investigar qué GPS llevar, qué rutas tomar, qué equipo escoger, y así fueron pasando los días y el proyecto fue tomando más forma. Él siempre me decía que no me confiara en nadie, que al final tenía que hacerlo yo sola por mí, pero me daba miedo pensar en algo así. Ser mujer hace que la cantidad de peligros a los que te expones, sean el doble.

Entonces el día que me llamó y le conté que no lo haría porque mi compañero ya no quería, fue precisamente él quien me hizo entrar en razón. ¿Por qué no lo haría?, ¿por ser mujer?, ¿por no saber tanto de mecánica?, ¿por no ser tan buena ciclista?, ¿por tener miedo?. Todas y cada una de las razones que le daba, las fue desechando, al final de cuentas, ya tenía todo listo. La única razón que no pudimos desechar es que soy mujer y que me expongo a muchas más cosas que si fuera un hombre. Pero ahí fue cuando me dije a mí misma que justo por eso quiero hacerlo. 

Aplaudo a las mujeres que están saliendo a las calles a gritar que necesitamos un cambio. A las que llenas de enojo fundado y motivado están intentando llamar la atención de todas las formas que se les ocurren. A las que hacen himnos de lucha. A las que levantan la mano. Les aplaudo y las animo a seguir haciéndolo. Y justo lo mismo que las mueve a ellas, es lo que me mueve a mí: ser mujer nunca debe ser motivo suficiente para no poder hacer algo.

Hoy hace 30 años, pasó algo llamado la Masacre de Montreal (si quieren leer más de eso, aquí les dejo un link:  https://www.proceso.com.mx/609726/a-30-anos-del-atentado-antifeminista-cometido-por-marc-lepine-en-canada). 

Ese suceso horrible habla de cómo siempre la lucha feminista ha tenido aliadas que han salido a las calles a pedir el voto para las mujeres, a luchar por nuestros derechos y por la igualdad de género, pero también ha habido otras igual de valiosas que decidieron inscribirse en las Universidades, aunque estaba mal visto, mujeres que decidieron estudiar una Ingeniería, aunque “eso no era para mujeres”. Hoy hace 30 años, murieron 14 mujeres que se unieron a la lucha feminista no dejando de hacer cosas solo por ser mujeres.

Así fue cómo me levanté y con miedo me dije: voy a recorrer La Baja en bicicleta, porque esa es la forma en la que yo quiero luchar. 

Porque la verdad es que tengo miedo, porque la verdad es que la gente me ha estado preguntando si estoy loca, porque mis papás, hermanas, amigos, me han dicho que mejor no lo haga, pero esa no es y no será nunca la respuesta. Ni por miedo, ni por ser mujer.

Espero poder seguir contando de esta aventura, que ahora también es una protesta. Espero regresar con bien a casa y entonces poderle decir a todas las mujeres que quieran andar en bicicleta por el mundo solas: hazlo, aunque te pregunten si estás loca. Hazlo porque si ser libre, porque si ser valiente, es estar loca, entonces ojalá cada día seamos más las locas. 

Ojalá que mis sobrinas o mis hijas (si algún día las tengo) nunca se cuestionen ni siquiera si hay algo que no puedan hacer por ser mujeres. Esta es mi aportación al movimiento feminista. 

¡Así que a darle!