M-I-E-D-O

Darle el control al miedo hace que no te puedas mover. Hace que te caigas cuando tal vez no te ibas a caer pero tenías miedo de caer. Te enclaustra. Te provoca sentimientos que no puedes nombrar, y esos son los sentimientos más peligrosos.

Te encarcela, te pone barreras que no existen. Te vuelve sediento en medio de un lago. El miedo te hace no decir, no hacer, no aventarte, no vivir. Pero también te puede hacer lo contrario. Te sustituye y actúa por tus deseos reales.

Al miedo hay que verlo a los ojos, aceptarlo, y no dejarlo. No hacerlo nuestro. Al miedo hay que usarlo, mantenerlo a raya, mantenernos atentos a no dejarlo entrar a casa. Al miedo nunca hay que bienvenirlo. Ni rechazarlo. Al miedo hay que aceptarlo y derribarlo antes de que él nos derribe.

Bajo esa ocurrencia ya no pudimos amarnos.

Nos dieron ojos para ver, y con ellos vimos y nos vimos. El cielo, el mar, el bosque, el fuego y la vida.

Nos dieron manos para tocar, y con ellas tocamos y nos tocamos. Lo frío, lo caliente, lo húmedo y lo constante.

Nos dieron piernas para caminar, y con ellas recorrimos y nos recorrimos. La ciudad, la playa, la carretera y las circunstancias.

Nos dieron oídos para escuchar, y con ellos escuchamos y nos escuchamos. La música, las palabras, la mar y las risas.

Nos dieron juventud, y nos dieron tiempo, nos dieron ganas y nos dieron coincidencias. Lo único que no nos dieron fue eternidad y bajo esa ocurrencia, ya no pudimos ni vernos, ni tocarnos, ni caminar, ni escucharnos. Ni amarnos.

It’s just a bunch of feelings that we have to hold…

Cuando por la ventana salen volando sin control nuestras ilusiones. Esa sensación de vacío permanente en el estómago que nos lleva a sentir que nos ahogamos, que nos falta el aire. Enfrentarse a la parte de la vida que no tiene piedad, sobrevivir al vértigo.

El dolorcito fastidioso en Do sostenido que se nos incrusta en el alma y en la mente. El incansable metrónomo entre lo que es y lo que fue. Creer que el amor tenía mucho más potencial, caminar con la intención de sobrevivir.

Contar hasta tres… uno, dos…. Se necesitan nervios de acero para acabar con algo que no quieres que acabe. Sobrevivir a la crueldad que invade tus venas cuando aceptas que lo que quieres que siga no puede sobrevivir sin lo que ya no quieres que siga, entonces ninguna de las dos podrá seguir sucediendo.

Verse ante el espejo, aceptar la soledad, aceptar las derrotas, aceptar las tormentas y empeñarse en dejar de sentir miedo ¿a las flores les duele crecer?.

27

Sentir que toda la tristeza existente en el universo se ha venido a parar a tu corazón. Luchar con todas tus fuerzas para sacarla, querer empujarla, concentrarse una y otra vez, querer que se vaya. Sentir la felicidad tan cercana pero tan momentánea, deleitarse con breves espacios de la vida en los que sale el sol. Para después, en medio del insomnio que te da todos los días, saber la verdad, esa en la que no es posible mentir, mentirse a uno mismo es imposible. Saber que no hay día en el que no te preguntes cuándo se secaran las lagrimas para siempre. Pensar que llegará, pensar que un día despertarás y no recordarás la última vez que fuiste triste, no tener ni siquiera tiempo para pensar que alguna vez fuiste triste. Perder la esperanza, sentir los años pasar, esto ya no es un juego de niños, ya no estás en la prueba y ensayo. Tienes las decisiones frente a ti, y las tienes que tomar, porque aunque no las tomes, ellas te toman. Tener miedo de que las cosas nunca vayan a cambiar, no querer que pasen los años sólo para un día despertar arrugada, olorosa, cansada, vieja, triste y sola. Sentirse cada día más y más y más confundida. ¿Cuándo es el final?.

Hilo

Se me olvidó escribir. Se me fueron las letras, me las sacaron como un hilo suelto que se iba destejiendo desde mi espina dorsal.

Ayer regresaron. Fue un momento curioso, como del que lleva una penitencia entera sin poder estornudar, sin poder llorar, sin poder rascarse las comezones del alma. Me senté, y todo corrió como un río, las lágrimas, el adiós, el pensar que por fin este dolor empezaría a sanar.

Me deje ir, porque te deje ir. Me contemplé en la inmensa oscuridad a la que tanto temía y sentí un profundo alivio impulsado de la idea de que hasta aquí llegó el dolor.

Otoño 26

Desperté para darme cuenta de lo que por meses he intentado ignorar. Desperté para aceptar que no me encuentro.

Busqué en mis libros, los abrí uno a uno y sólo encontré hojas en blanco. Alguien borró la tinta de mis libros.

Escarbé en mi cama, en mis sábanas, debajo de mi almohada. Alguien se llevó mis sueños.

Pensé en ir a buscarte, pero me encontré con una cara sin rostro, con unos dedos sin huellas y un pasado que no me dejará mentir.

¿Amigos?

 

 

La tarde de un verano en el que iba caminando, un día que podría caber en la vida de cualquier mortal. Cualquier empleado de oficina que vive soñando en las vacaciones que dependen de la autorización del jefe.

Era domingo, el sol hacia lucir a los árboles sus mejores capas, la ciudad se olía tranquila, no había autos, el tráfico se encontraba descansando, quizás había decidido quedarse en cama hasta tarde, enpiernado con quien sabe qué amorío.

Yo caminaba al metro, yo tenía el alma nublada, yo intentaba poner atención en los sonidos que mis audífonos insertaban en mi cerebro, pero no se podía, así somos los hipersensibles. Me quite los audífonos y seguí caminando, se escuchaba el aire, se escuchaban las pláticas de otros transeúntes, de otros mortales.

Di la vuelta en una esquina, y entonces lo escuché, era él y era ella, eran desconocidos. Él escuchaba y ella decía –podemos ser amigos– . Me salió una carcajada profunda y cruel, dos desconocidos, hablando lo que tú y yo habíamos hablado momentos antes.

De lo profundo de mi ser salieron las ideas, y por fin las lágrimas. No, no podemos ser amigos, no, la amistad no se pide, no, no puedo ser contigo lo que soy con mis amigos, no mundo, no se puede, la amistad es la fuente que brota sin que ni siquiera dios ponga sus ojos en ello. No, no voy a ser tú amiga, y no, tampoco serás mi enemigo.

La vida se cuenta en veranos…

Salt

Vivo matando sentimientos, porque crecen, porque se vuelven incontrolables y porque lo único coherente que se me ocurre es matarlos, siempre los mato.

Los mato cuando me siento demasiado cerca de las personas, mas me vale sentir lo menos, mas me vale olvidar el apego, mas me vale amar la soledad.

La soledad que se esconde entre tus sábanas, entre tus abrazos, entre todo lo que nunca serás en mi vida.

Mi vida como la estrella fugaz que se fugó sin encontrar espectador, los dos segundos en los que todo pasó y nadie estaba para verlo.

Verlo todo distante, ser actor de relleno de la película que yo no escogí actuar, leer el guión de todo lo que debo y lo que no debo.

Debo encontrarlo, al sentimiento, debo encontrarlo vivo.

Gracias

Cuando tenia 15 les dije a mis papás que ya no soportaba sus reglas, que tan pronto cumpliera 18 me iría de su casa. Claro, pensaba que a los 18 mi vida estaría resuelta por el simple hecho de ser mayor de edad. Obviamente cumplí 18 e hice como que había olvidado mis palabras de adolescente.

Un buen día, 10 años después, a finales del invierno de mis 25, agarré mis libros, mi computadora, algo de ropa y me fui de los suburbios, a la ciudad, a mi mundo. Donde se suponía que todo sería perfecto, tenía mucho miedo.

Entonces, tuve que aprender nuevos trucos, a calmar mis miedos, a no olvidar comprar comida y agua, a pensar más con quien me gusta estar y con quien no. Pero lo más importante es que tuve que sentarme a escribirle esto a mis papás, para darles las gracias, para decirles que me costó mucho trabajo quitarme lo testaruda de encima, pero que valoro mucho lo que hicieron tantos años por mi, que aprecio todos los sacrificios que hicieron para que yo pudiera tener una existencia feliz, para que pudiera ir a una buena escuela, para que siempre tuviera comida, ropa, seguridad. Pero sobre todo valoro que aunque su visión del mundo es completamente distinta a la mía, siempre han hecho el mayor de los esfuerzos por entenderme, quererme y apoyarme.

Gracias Papá y Mamá.

Anahí, verano 2013.

Sed

Somos polvo que camina por las calles, que flota por los aires, somos moléculas imprecisas de sueños y de ideas, somos pocos o somos muchos, pero andamos por ahí y por acá, desmoronándonos por los desiertos de nuestra existencia, pensando en las imágenes resecas que la vida nos presenta. Somos las pequeñas tristezas empolvadas que marchitan nuestros corazones, tenemos dedos de ceniza, se nos secaron los ojos, se nos deshidrató la boca, somos aserrín, tierra y pelusa a la vez,  por eso andamos por toda la ciudad sedientos y sin rumbo.