Me encontré una pluma.

Hubo un ave, un vuelo, un desprendimiento.

Me encontré una pluma tirada en el suelo de esta ciudad.

Mientras esperaba el camión. Pensé.

Nada en esta parada de autobuses cambiaría si yo no estuviera.

Subo al camión y sé que el conductor no extrañaría los cuatro pesos de mi pasaje. Porque cuatro pesos no son nada, porque un pasajero más o uno menos no es nada.

Hoy no tomaré el metro. Caminaré desde Reforma hasta casa. 

Me detendré a ver los autos que en sentido progresivo rodean la Diana, el Ángel.

Nada en esta ciudad cambiaría a mi partida. 

La misma histeria colectiva, con mi ausencia y a pesar de ella.  

Tampoco vendrías esta noche, ni la que viene después de hoy.

Un paso seguido de otro, un continuo gotear. Camino cuidando donde pongo mis ojos, no quiero tropezar con algo que me pueda hacer llorar.

Porque soy frágil, porque soy sensible, porque cada vez me es más difícil romper el aire que hay entre lo que quiero que sea y lo que es.

Un ave se abrió camino, entre el cielo y los autos de esta ciudad. Un ave perdió una pluma.

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