El checador

Suena el despertador, tu mano se alarga para alcanzarlo. Es hora de levantarte.

Caminas hasta el baño, tropezando con todo, con la hora, los pendientes, tu existencia.

Rápido que vas tarde y el maldito checador de la entrada de tu oficina lo sabrá.

Es tu ritual que no tiene nada de simbólico. Lavarse los dientes antes de salir de casa y empezar el viaje.

Descender al inframundo que muchos llaman metro de la Ciudad de México. Aprendiste a no pensar, te entrenaron bien. Aprendiste a moverte entre el mar de cabezas, la fuerza laboral de este sistema. Aprendiste a tomar distancias en la fila de la escuela, a usar el uniforme correcto y a nunca subirle la voz a nadie. Aprendiste bien.

Llegas a la oficina y le das los buenos días a todas esas personas que en realidad no te caen bien ni mal, simplemente tú no las escogiste. Esos desconocidos con los que has pasado más horas en los últimos años de tu vida, que con tu hijo. Si, tu hijo el que está aprendiendo a tomar distancias en la fila de la escuela, a usar el uniforme correcto y a nunca subirle la voz a nadie. Si, tu hijo, ese por el que darías la vida, mas no tu tiempo.

El jefe te llama a su oficina para hablar de la lista de pendientes que nunca se acaban. Esa lista de pendientes tan importantes, de los que depende todo, absolutamente todo. Menos la paz mundial.

Dices que te gusta tu trabajo, pero nunca te hemos escuchado decir que te gusta tu vida.

Tecleas algunos correos, sorbes un poco de tu mal café. Ese en el que nunca tienes tiempo de pensar. Ese que te mantendrá despierto hasta la hora de comida.

Por fin llega la hora de la comida, te acercas al comedor del lujoso edificio de oficinas en el que trabajas. Entre tuppers saludas a tus compañeros, esos que insisto, no son tus amigos ni tu familia, pero con los que compartes más vida que con tu propio hijo.

Una hora es suficiente. Debes regresar a tiempo, que el checador también sabrá si regresas tarde de comer y no quieres que te descuenten días, porque es un lujo que no te puedes dar, pues hay que pagar la renta de la casa en la que no estás, la colegiatura del hijo que no estás educando, las vacaciones que nunca puedes tomar.

De vuelta a “tu lugar”. Ese cubículo en el que no hay ni cielo ni estrellas que contemplar. Pero tú no eres hippie, tú eres un hombre de bien, trabajador, honrado, que usa traje de lunes a viernes y los fines de semana una camisa sport.

Tecleas y tecleas, haces algunas llamadas, resuelves la vida de alguien más, haces bien tu trabajo.

Observas una y otra vez el reloj. Deseando que sea la hora de la salida, no porque al checador le importe, a ese, la hora de salida lo tiene sin cuidado. Si no porque necesitas salir de esta prisión que con gusto llamas oficina. Porque es hermoso decirle a la sociedad que tú no eres cualquier persona, no, para nada. Tú trabajas en un oficina lujosa.

Ha llegado la hora, guardas tus tuppers vacíos y emprendes el regreso a casa. Al igual que otras miles de personas, todas esas, tan especiales como tú, en sus oficinas lujosas.

Después de una hora y media llegas a casa. Hay que dormir, que mañana hay que madrugar y el checador lo sabe.

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