Los espejos

¿Cuánta gente rota hay por ahí? En los buses, en los bares, en los parques y también sentados en el sofá de mi sala. Viendo la ciudad, respirando lo más despacio posible y tomando té.

Con ojos profundos y miradas que lo recuerdan todo, aquí se respira con todas las pausas posibles, evitando respirar profundo, evitando agitarnos. Evitando pensar en el dolor, como única medida para que se sienta lo menos posible.

Así se vive aquí, en esta ciudad que no te logra encontrar en ninguna esquina, en ninguna tarde soleada, en ninguna visita al parque, en ninguna respiración.

Pero basta una distracción, una pequeña debilidad, un recuerdo que se logra escapar, para retroceder. Para encontrarnos frente a frente en un callejón sin salida con el vacío.

Verle los ojos al vacío y saber que su penitencia está en que no hace nada. No duele, pero tampoco llama, no se mueve, no te provoca, no te besa. Es el vacío de todo lo que no está pasando.

Hay tanta gente rota! En las camas de sábanas blancas, en los supermercados, en los conciertos de música ruidosa, en las caminatas nocturnas de regreso a casa y sobre todo: en cada uno de los espejos que me encuentro en mi camino.

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