No fui al mar, el mar vino a mi.

Si te beso antes del amanecer o te tomo de la mano cuando caminamos de madrugada por las calles de la ciudad.

O quizás si te abrazo hasta los huesos cada que tenemos la fortuna de volvernos a encontrar.

Digamos que todo esto pasa como el azar que nos hace florecer. Jacarandás, flamboyanes, bugambilias en el corazón.

Expliquemos que somos tú, yo y las constelaciones. Son las pecas que siempre me quieres contar.

Que nos queremos poco a poco sin parar.

Porque me tienes en cada tierno mirar, en cada profundo beso, en cada cosquilla en el corazón.

Pensando que no necesito pensar.

Sintiendo paz en la mente y fuego en el corazón.

Comprobando que llegaste a mi vida por muchas razones, pero también para sanar, aliviar, remendar.

Llegaste para ser mar, para ser oleaje, para ser cura, para ser infinita sensación de amor.

Llegaste abriendo las ventanas, dejando que la luz entrara, hablándome entre risas y contagiándome de ti, de lo grande, de lo profundo.

Cerré los ojos y quise que no te fueras. De menos no por ahora.

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